
Episodio 2: El Despertar
Habían pasado dos semanas desde la fatídica noche en la que aquellos dos desconocidos habían sido intervenidos en el Hospital del Mar. Los dos pacientes habían pasado por noches muy duras, transcurrido la mayor parte del tiempo en la UCI, debatiéndose constantemente entre la vida y la muerte. El paciente que había sido intervenido por el doctor Merino ya estaba totalmente despierto, mientras que el otro hombre, el que en principio revestía menor gravedad, había caído en un profundo coma. Ambos habían sufrido una contusión craneal, pero gracias a la experiencia de Isaac Merino, el hombre atendido por el veterano doctor había tenido un post-operatorio mucho más ameno, pudiendo despertar incluso después de semejante y brutal caída. Mientras que al otro desconocido lo había intervenido el doctor Galindo, un recién llegado al Hospital del Mar, quién había sido destinado a urgencias (como la mayoría de los interinos jóvenes) y resultó ser de los pocos cirujanos disponibles en el momento, hecho que afectó directamente la salud del segundo desconocido.
Durante esos dos días Isaac había mantenido el diario encontrado bajo llave en su escritorio, para que ningún curioso pudiera ponerle las manos encima, ya que los dos hombres eran el nuevo tema principal del cotilleo en el hospital. Merino se disponía a tener una charla con su paciente desconocido, quien había sido bautizado como “Pepe” entre el personal del hospital mientras éstos teorizaban acerca de la identidad de ambos desconocidos, y más teniendo en cuenta que todas las averiguaciones e indagaciones hechas por el personal del Hospital del Mar (identificaciones rutinarias en éstos casos mediante huellas dactilares o bien utilizando el sistema Reniec*) han terminado en un callejón sin salida.
Cuando Isaac llegó finalmente a la habitación de “Pepe” una mezcla de olores embargaron sus sentidos: una extraña fusión entre aromas de hospital y ambientador barato, que hacían a Isaac recordar el escaso presupuesto sanitario del Hospital del Mar y el buen corazón de las enfermeras, ya que “Pepe” era de los pocos pacientes que gozaba de unas “dulces fragancias tropicales” valoradas en menos de un euro.
El doctor Merino se dispuso a hablar, pero antes de que pudiera articular palabra alguna, “Pepe” lo observó con una mirada penetrante, analizando cada parte de la anatomía del doctor: sus ojos, sus brazos… hasta que vio el diario que sostenía entre sus manos. El mismo diario que todo el hospital quería leer, el mismo diario que Isaac había guardado celosamente para que nadie leyera su contenido hasta que alguno de los dos desconocidos despertara…
—Disculpe la indiscreción y que me salte las formalidades doctor, pero necesito que me dé ese diario, es de vital importancia.
—Antes me gustaría que me respondiera algunas preguntas. La primera y obvia: ¿quién es usted? Luego: ¿qué hacía luchando como un equilibrista con otro equilibrista en lo alto de las torres Mapfre? Y por último: ¿por qué no porta ningún tipo de identificación?
La cara del paciente demostraba una total confusión ante el colosal bombardeo de preguntas por parte del veterano doctor. Merino se dio cuenta, casi al instante, de su falta de tacto profesional al no decirle nada al paciente de su estado de salud actual:
—Disculpe mi atropellado interrogatorio. Soy el doctor Isaac Merino. Fui yo quien lo intervino quirúrgicamente hace dos semanas atrás. Afortunadamente su estado es estable en estos momentos y está teniendo una respuesta favorable a los medicamentos, aunque tendrá que pasar unas semanas en observación, ya que su operación, a pesar de haber sido exitosa, requiere un atento seguimiento clínico, por posibles secuelas o por alguna clase de alergia o rechazo a los medicamentos. Además…
—Por supuesto que queda disculpado, Doctor Merino, y le agradezco los datos clínicos sobre mi intervención, mi reacción a los medicamentos y demás detalles médicos, pero necesito que me dé ese diario de una vez por todas. Es muy importante para mí, mucho más de lo que usted cree.
Ahora fue Isaac Merino quien se sintió un tanto confuso. ¿Qué tan importante podía ser el diario que tenía en sus manos? ¿Cuál era la razón por la cual su paciente estaba tan preocupado por él, dejando a un lado los detalles de su salud, de algo tan trascendental como su lucha entre la vida y la muerte?
—No se preocupe usted, lo entiendo perfectamente. Imagino que puede servirle para poner en orden sus recuerdos, ya que la contusión pudo haberle provocado algún tipo de laguna mental.
En el rostro de “Pepe” se dibujó una media sonrisa, casi irónica.
—Exacto doctor. Tal vez pueda parecerle que soy demasiado maniático con mi salud, pero es que no quisiera parecer un… lunático.
—Por supuesto, no se inquiete. Dejaré el diario en sus manos. Volveré en unas horas, cuando haya puesto orden a su cabeza.
–Muchísimas gracias, Doctor Merino, mi coco está un poco tocado ahora mismo, pero sé que le debo a usted algunas respuestas. Le prometo que serán contestadas cuando regrese en unas horas.
Una mirada de comprensión y entendimiento cruzó el rostro del doctor Merino, quien recuerda el sufrimiento de muchos de sus compañeros durante la guerra civil, las grandes lagunas que muchos sufrían causadas por un estado de shock o por heridas demasiado graves, tanto del cuerpo como de la mente, diferentes de delirios, rallantes con la locura… Para Isaac era un alivio, casi una alegría, ser uno de los pocos supervivientes de aquella guerra infame (¿o era el único?) que no había terminado en un manicomio. Si alguien hubiera visto lo que su pelotón vio. Si alguna vez se sintiera capaz de contarlo a alguien, aunque sea para quitarse ese enorme peso de encima… pero no, no puede, o mejor dicho: sabe no debe.
—De acuerdo, y le repito: no se preocupe e intente recordar todo lo que pueda.
El Doctor Isaac está a punto de marcharse, cuando se vuelve para señalar.
—Ah, por cierto, en el hospital lo hemos apodado “Pepe”, ya que desconocemos su nombre. ¿Podría al menos responderme a esa pregunta, para saber cómo dirigirme a usted?
Mientras Isaac le hacía este último comentario, “Pepe” ya había comenzado a hojear el diario. “Pepe” pareció dudar por una fracción de segundo y dibujando una pequeña, casi imperceptible, afable sonrisa en su rostro.
—Marcus, doctor. Llámeme Marcus.
La rueda del Destino comienza a girar... ¿Qué nos deparará ésta historia?